¡Porque yo lo valgo!

Si hay algo básico para que seamos razonablemente felices y equilibrados, y para que nuestros entornos relacionales sean saludables, es que tengamos una autoestima en condiciones. La autoestima es el conjunto de percepciones, imágenes, pensamientos, juicios y afectos que tenemos sobre nosotros mismos: es lo que yo pienso y siento sobre mí, y el grado de satisfacción con el que me miro y considero. Se construye sobre los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que, sobre nosotros mismos, hemos ido recogiendo durante nuestra vida: creemos que somos listos o tontos, nos gustamos o no nos gustamos nada, confiamos en nuestros recursos o nos tenemos por incapaces…

Los miles de impresiones, evaluaciones y experiencias acerca de nosotros, acaban por conformar un sentimiento positivo hacia nosotros mismos o, por el contrario, un incómodo sentimiento de no ser lo que esperábamos.

  • Una buena autoestima es la experiencia fundamental de que podemos llevar una vida significativa.
  • Supone la confianza en nuestra capacidad de pensar y de enfrentarnos a los desafíos básicos de la vida.
  • Incluye creer en nuestro derecho a triunfar y a ser felices, a sentirnos merecedores de respeto y dignos de ser amados, a reclamar sin rubor la satisfacción de nuestras necesidades
  • Nos permite concedernos el derecho de guiarnos por nuestros valores en lo que emprendemos y de disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos.

La autoestima no es algo innato, aunque pueda haber una cierta disposición, sino que echa sus raíces en la infancia y se desarrolla a lo largo de la vida, es dinámica y fluctúa: puede mejorar, pero también puede debilitarse y empobrecerse como consecuencia de experiencias negativas. Tiene tres dimensiones diferentes que se complementan:

  • La cognitiva: la descripción y opinión que tiene cada uno de sí mismo en diferentes dimensiones de su vida, es “lo que pienso de mí”.
  • La afectiva: la valoración afectiva que realizamos de nuestras cualidades personales, en cuanto a que las amamos o no, es «lo que siento por mí”.
  • La conductual: como resultado de la valoración anterior, surge la elección de actuar de determinada manera que cuadre con nosotros, es “lo que hago”.

La visión tradicional de la autoestima en los años 60-70, consideraba que lo deseable era lograr una alta autoestima, y que el único problema era su déficit. Por eso el trabajo educativo y terapéutico se enfocaba exclusivamente en incrementarla, ya que lo idóneo era que las personas la tuvieran lo más alta posible. Entre los 60 y 70 se crearon en Estados Unidos multitud de programas educativos en las escuelas destinados a incrementarla en los niños, para que fueran adultos con alta autoestima, que parecía en principio una buena apuesta.

Se llevaban a cabo fomentando elogios constantes de padres y profesores, y autoinstrucciones del tipo “¡Soy el mejor!”.

Eran unas intervenciones simplistas, en las que se descuidaban otras cuestiones relevantes para la maduración como el autoconocimiento, la elección y compromiso con metas valiosas, el valor del esfuerzo, el reconocimiento y aprendizaje de los errores, o las relaciones interpersonales sinceras.

Años más tarde, en los 90, al retomar la investigación sobre los adultos en los que se habían convertido aquellos niños, las conclusiones no fueron en absoluto las que se esperaban. Al centrarse solo en incrementar la autoestima a cualquier precio, y descuidar otros aspectos esenciales, los padres y profesores habían contribuido a crear una generación de adultos muy vulnerables psicológicamente:

  • Al dar excesiva importancia a cómo se sentían los niños, sin valorar lo que conseguían esforzándose aunque no les gustara, se convirtieron en adultos que no sabían perseverar, integrar las frustraciones ni superar obstáculos.
  • Se suponía que con alta autoestima tomarían mejores decisiones, pero solo tomaban las más fáciles o las que tenían beneficios a corto plazo, que no eran necesariamente las mejores.
  • Esos niños que habían escuchado de sus padres y profesores cosas exageradas e incluso irreales acerca de sus capacidades, eran ahora adultos con delirios de grandeza, expectativas irrealizables y con una imagen distorsionada de sus capacidades reales.
  • Al haberles evitado sus padres y educadores que se enfrentaran a cualquier frustración o evidencia de sus limitaciones, los adultos que eran ahora difícilmente gestionaban los contratiempos y se sobreponían a ellos.

Ya con estas observaciones hubiera bastado para cuestionar la idea de que fomentar una alta autoestima a cualquier precio era lo deseable, pero es que aún había más: se empezó a comprobar cómo la alta autoestima con relativa frecuencia correlacionaba con conductas problemáticas relacionadas con el egoísmo, el narcisismo o la violencia. Se constató que muchas personas con altos niveles de autoestima tenían también serios problemas en su funcionamiento psicológico y en su forma de relacionarse con los demás: eran egocéntricas, arrogantes y prepotentes, con tendencia a deformar la realidad para hacerla coincidir con una autoimagen distorsionadamente positiva, y propensas a reaccionar con ira o violencia, a dominar y subyugar a sus semejantes.Esa autoestima grandiosa o narcisista, era un problema tan necesitado de tratamiento como el déficit de autoestima.

Se concluyó que no solo no era bueno, sino contraproducente y hasta peligroso, fomentar una autovaloración exageradamente favorable en personas que tenían o podían llegar a tener este perfil.

Fueron entonces apareciendo publicaciones e investigaciones acerca de lo que se llamó el “lado oscuro de la autoestima”, en lenguaje propio de Star Wars. Ahora manejamos un concepto mucho más moderno, el de “la autoestima maligna”, que engloba toda una constelación de comportamientos que orbitan entre la personalidad autodestructiva, el narcisismo patológico, el masoquismo y la depresión ¡Un novedoso e interesante planteamiento que explica muchas cosas!

Es relativamente fácil confundir el narcisismo con una elevada autoestima, lo que hace que personas con marcado sesgo narcisista campen a sus anchas e incluso sean socialmente bien consideradas. Esto es complicado e incluso peligroso si acceden a puestos de responsabilidad o toman decisiones de relevancia, en especial las relacionadas con los demás, como serían la gestión de equipos o de colectivos de cualquier índole. Porque no van a velar por el bien común, como sería de suponer, sino solamente por continuar inflando y sublimando su propia imagen y poder. No pueden hacer otra cosa, porque esto es solo lo que su desequilibrio permite.

El narcisismo y la autoestima buscan de alguna manera la legitimación del ser, pero las diferencias en el “cómo” son enormes:

La diferencia global entre el narcisismo y la autoestima elevada es que el primero supone la negación del valor de los demás, que quedan reducidos a meros proveedores de atención y fama. La autoestima, en cambio, hace que nos sintamos bien con nosotros mismos como seres integrados en una sociedad en la que nos relacionamos con otras personas también válidas y valiosas.

El narcisismo y la autoestima son opuestos en sus motivaciones y en su manera de expresarse hacia el exterior por lo que, pese a que hay comportamientos que puedan atribuirse a ambos, también hay diferencias claras que los diferencian radicalmente:

1. El narcisista tiene una percepción exagerada de sí mismo: se da una importancia exagerada y tiene una autoimagen distorsionada. Busca con ello una seguridad que compense un vacío interno en el que se esconde una persona insegura, necesitada del aplauso externo constante.

Quien posee una alta autoestima experimenta una satisfacción mucho más interior, menos inflada y mejor argumentada. No necesita inflar su imagen porque está segura de sí misma, no necesita exagerar ni remarcar los éxitos frente a los demás, simplemente disfruta celebrándolos.

2. Asertividad o necesidad de atención: El perfil narcisista necesita atención y tratará a toda costa estar en el centro y ser el protagonista. No importa si tiene que ser “el niño en el bautizo o el muerto en el entierro”, el caso es ser el centro.

La persona con alta autoestima es asertiva: escucha, atiende y elige el momento para expresarse. Lo hace con conocimiento y aportando valor con su intervención. Pero puede también quedarse tranquilamente en un segundo plano, porque no necesita “figurar” ni ser protagonista para sentirse bien.

3. La empatía: Al estar el narcisista tan pendiente de sí mismo y de su imagen, pone tanto el foco en agradar y quedar bien que no puede conectar de verdad con los demás. Por supuesto si cree que alguien pone en peligro su imagen o su opinión, no dudará en atacarle y, si puede, quitárselo de enmedio.

La persona con una buena autoestima conecta con los demás porque no está centrada en sí misma y puede ponerse en el lugar de los otros. Está abierta a diferentes puntos de vista, ideologías y sentimientos, de los que no siente la necesidad de defenderse porque no los percibe como una amenaza, sino como expresión de una rica diversidad. Eso permite que sus relaciones sean amplias, diversas y gratificantes.

4. Egoísmo o cooperación: El narcisista tiene un comportamiento egoísta y competitivo, en el que lo único que importa es la posibilidad de obtener algún beneficio de cualquier relación o situación.

La persona con alta autoestima sabe cuándo y cómo mostrar generosidad. Está abierta a la cooperación y a la colaboración porque no cree que le resten nada, sino que le aportan mucho.

5. Arrogancia o compasión: El narcisista tiene una actitud de prepotencia y arrogancia que imposibilitan que se muestre compasivo con nadie, aunque la situación lo requiera. Suele mostrarse agresivo, envidioso y necesita dominar para sentirse bien. No acepta las críticas y se las toma como una ofensa personal. Difícilmente aprenderá de sus errores porque ni los percibe ni los acepta.

Quien tiene alta autoestima se muestra compasivo consigo mismo si comete errores, y con los demás cuando los comenten. Valora el esfuerzo por superarse, y por eso mismo sabe que no hay mejora sin aceptar retos y, al hacerlo, arriesgarse a errar.

Hoy manejamos un concepto nuevo al referirnos al grado deseable de autoestima: autoestima óptima o autoestima sana. Se trata de un enfoque mucho más integrador, que la considera no solo como una actitud favorable hacia uno mismo, sino como algo más global que incluye si la persona actúa en forma congruente o no con sus necesidades, intereses, valores y metas, cómo se comporta en su entorno y en sus relaciones, y el grado de adaptación y satisfacción tanto de los que le rodean como de la persona misma, en cuanto a su manera de ser y estar en la vida.

La «sana autoestima» o «autoestima optima» sería la que nos ayuda a conseguir nuestras metas y a mantener un mejor funcionamiento global.

  • Quienes la poseen permanecen en contacto con su auténtico “yo”, con una sensación de autenticidad interior que es la que guía sus decisiones y elecciones para conseguir metas y objetivos.
  • Están abiertos a toda la información autorrevelante, incluyendo la percepción de sus límites y errores, que asumen sin necesidad de justificarlos con distorsiones cognitivas que los disimulen.
  • Tienen la sensación de manejar eficazmente los retos vitales que les tocan y de vivir experiencias satisfactorias.
  • Poseen una estabilidad anímica sin fluctuaciones exageradas que dependen del cambio de circunstancias o incluso de sucesos en principio negativos.
  • Son poco dependientes de los logros visibles alcanzados y de la aprobación manifiesta externa.
  • Mantienen relaciones auténticas que les permiten mostrarse tal y cómo son y sentirse aceptados y valorados.

Te invito a que te mires interiormente y cultives tu sana autoestima: No eres “The Best”, ni falta que hace… Pero “Te Mereces Ser Feliz” y “Nena, Neno… ¡Tú Vales Mucho!” No necesitas ser perfecto, tus errores “van en el lote” y te sirven para mejorar y crecer. Reconocerlos no te resta nada, al contrario: te suma coherencia y humanidad. Rodéate de gente así, con sana autoestima…

Pero protégete de los que inflan la suya sin reparo ni vergüenza, no vaya a ser que si les estalla en las narices, te pille demasiado cerca. Recuerda que «no cuentan contigo», solo «te utilizan». No «formas parte de su equipo», solo «se aúpan sobre ti mientras les conviene». No «vas con ellos a ninguna parte», solo «te empujan delante suya al precipicio aprovechándose de tu ingenuidad» ¡Ponte a salvo ahora que todavía estás a tiempo!

Manual del BienVivir: Héroes

Una imagen, una frase…¡Con eso basta!

Una imagen, una frase... ¡Con eso basta!

Manual del BienVivir: resistencia

Una imagen, una frase… ¡Con eso basta!

La oportunidad perdida

La libertad comienza por una prohibición: Prohibido prohibir”

Jim Morrison

No hay que ser un lumbreras para tener claro que en nuestros tiempos, y cada vez más, la información es poder. Los medios de comunicación son un suculento botín para los poderosos y muchos, muchísimos medios entran en el juego y se dejan querer, poniendo su capacidad mediática de influencia al servicio del mejor postor. Los medios de comunicación se han convertido en grandes centros de poder económico y las corporaciones que hay tras ellos tienen una influencia enorme en la ciudadanía. Podríamos pensar que quienes son de profesión informadores tendrían que ofrecernos una fotografía totalmente fiel a la realidad, olvidando que cualquier fotografía puede tener diferentes enfoques, perspectivas, encuadres y color: dependerá de la sensibilidad del autor y de lo que quiera evocar en quien la ve. Informar y comunicar no son nunca acciones neutrales desprovistas de intencionalidad, pues quien informa y comunica pretende conseguir un efecto en quien recibe la información.

Los medios de comunicación son agentes importantes de lo que en psicología llamamos “influencia social”. El tratamiento que dan a la información y a la comunicación pueden llevar simplemente a la persuasión o llegar a la manipulación más descarada.

En el año 2002 el escritor francés Sylvain Timsit publicó en su web personal las diez estrategias que, supuestamente, el poder económico y sus valedores políticos utilizan para ejercer un control masivo sobre la ciudadanía: «El propósito de esta manipulación a gran escala, decía, es crear una sociedad de individuos dóciles e insolidarios, donde triunfen los valores del capitalismo, el neoliberalismo y la desigualdad». No tenía ni idea de que, en pocos meses, rompería las cifras de visitas a su web y este escrito se citaría por un Zoo de lo más diverso: profesores de comunicación universitarios, psicólogos especialistas en influencia social, alternativos antisistema y agitadores políticos de cualquier signo. Y que, además, lejos de ceñirse a los intentos manipuladores del capitalismo como proponía él, se utilizaría para reflejar la manipulación de cualquier régimen desprovisto de ética que busque más poder manipulando la libertad.

Poco después el lingüista estadounidense Noam Chomsky, especialista en la influencia de los medios de comunicación masivos, tomó estas estrategias y comprobó cómo los medios las utilizaban a la perfección. Según él, «los medios de comunicación tienen como función principal informar e impartir valores y códigos de comportamiento para que el ciudadano medio se acomode a las estructuras sociales. Por eso los grupos dominantes tienen un gran interés en controlarlos, pues les ofrecen la oportunidad y los medios de modelar la conciencia colectiva cómo les convenga». Estas estrategias en las que Timsit y Chomsky coinciden, empleadas para manipular la conciencia colectiva son:

1. La distracción: hay que desviar la atención de la gente de lo importante hacia lo secundario. Da igual que sea el fútbol, la telerrealidad, los concursos de talentos o el show de los balcones.

2. Crear problemas y ofrecer soluciones: es la estrategia del bombero pirómano, en la que se deja que un problema se agrave para ofrecer después una solución desde el poder, que será bien recibida. Una variante es la sutil utilización de aparentes «errores» que luego se rectifican: cuando el poder decide algo que se percibe injusto o inapropiado, pero luego rectifica, se produce una sensación de alivio que a veces compensa. 

3. La gradualidad: para que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente. Se informa a pequeñas dosis, por fases, sin dar a conocer abiertamente dónde está la meta real.

4. La estrategia de diferir: introducir una medida “dolorosa pero necesaria por nuestro bien” prometiendo que traerá beneficios en el futuro. Juega con la creencia de que “todo irá mejor mañana”, y si no llega el beneficio prometido, por pura habituación, terminamos normalizando las circunstancias impuestas.

5. Infantilizar al público: empleando discursos, argumentos y personajes simples, estereotipados e infantiles. Incluyen algún mensaje paternalista de tipo “puedo protegerte y salvarte” para anular el pensamiento crítico. Y funciona.

6. Utilizar lo emocional más que la reflexión: apelar a emociones como el miedo o “el bien de todos” para causar un corto circuito en el análisis racional, así nos quedamos con el mensaje global pero no con los detalles camuflados. Además, abre la puerta de acceso al inconsciente para implantar ideas, deseos, actitudes, temores o inducir comportamientos.

7. Aprovecharse de la ignorancia: los medios de comunicación prefieren un público alejado de la intelectualidad y la cultura, pues es más fácilmente manipulable y cuestiona menos. Presenta las directrices y normas como dictadas por supuestos “expertos” para evitar así críticas o cuestionamientos.

8. Promover públicos complacientes: es una de las estrategias de manipulación mediática que más desapercibidas pasan ¿Vemos lo que queremos o lo que quieren que veamos? ¿Somos conscientes de la realidad alternativa y mediocre que nos ofrecen algunas emisiones? ¿Elegiríamos de verdad «eso»?

9. Fomentar la autoculpabilidad: al enseñarnos entornos idílicos, cuando nuestra vida hace aguas nos sentimos más desdichados de la cuenta e incluso culpables.

10. Conocer todo de los individuos: los avances psicológicos, sociales y tecnológicos permiten a las grandes empresas saber cómo respiramos. El “sistema” nos conoce a través de los filtros de contenido en internet y de empresas que catalogan nuestras búsquedas, y así puede controlarnos mucho mejor.

Seguramente habrás reconocido algún punto que te resulte familiar. Desgraciadamente seguro que también puedes localizar más de uno en cómo se han utilizado los medios de comunicación en la situación presente.

La psicología y el periodismo un comparten terreno común, la “Teoría de la Comunicación”, que explica cómo se realiza la comunicación y los efectos que, a través de ella, se pueden conseguir. Hasta antes de comunicar algo, ya hay una influencia evidente y muy importante: los medios deciden de qué informan y de qué no. Hace unas décadas se hablaba del “gatekeeper”, el “guardián de la puerta”, cuya misión era seleccionar lo que se mostraba. En la actualidad el término que se utiliza es la “agenda-setting”: los medios escogen lo que es noticia y lo que no lo es, los temas sobre los que se habla y se discute, su importancia, su orden y la manera de tratarlos. Puede que no te digan “qué pensar”, pero con su selección sí que te dicen “en qué pensar”. Por eso “lo que no sale en la tele, no existe” ¡Así de simple!

¿Qué nos han enseñado durante estos meses los medios, sobre todo los públicos o los dependientes económicamente del gobierno, y cómo se ha hecho? ¿Cómo se han utilizado los medios de comunicación y con qué objetivo?

Los medios se han utilizado para mostrar en una proporción llamativamente exagerada “la cara amable” de la pandemia: la situación de confinamiento con todo lujo de detalles y, esto es muy importante, de imágenes coloridas, ocurrentes y atractivas, ligadas a personas corrientes como protagonistas de algunas: los mensajes se graban mucho mejor cuando van bien asociados a imágenes atractivas o impactantes. Con los valores asociados de solidaridad, creatividad y gratitud. Promoviendo actitudes de obediencia, colaboración con las fuerzas del orden y responsabilidad ciudadana. Imágenes también de los infractores y de cómo eran sancionados, detenidos o incluso sometidos al linchamiento popular.

El “lado oscuro” no ha tenido apenas espacio y desde luego casi ninguna imagen: Se ha mostrado preferentemente de manera verbal, con ponencias interminables y soporíferas plagadas de datos numéricos y “despersonalizados”. Puede que no interesase mucho que quedara bien grabado a través de las imágenes, en este caso impactantes: prácticamente ninguna imagen de la enfermedad, la muerte, la desasistencia hospitalaria o el caos, del que se hablaba en contadas ocasiones. Los valores asociados han sido sobre todo la delegación y la dependencia: “los expertos saben mucho más”, que nos digan lo que hay que hacer. Las actitudes favorecidas giran en torno a la búsqueda de la seguridad de nuestras casas y en cierto modo la pasividad, ya que incluso con síntomas las instrucciones eran permanecer recluidos con la confianza de que “seríamos atendidos”.

Este tratamiento de los medios ha buscado claramente evitar el pánico, limitar los daños sanitarios, entretener y distraer, llamar a la obediencia y transmitir la capacidad coercitiva ante las transgresiones. Todos ellos objetivos de control, válidos y hasta convenientes en una situación de emergencia.

La cuestión es cuánto tiempo dura una emergencia, que por definición es un tiempo limitado. Cuando los primeros objetivos de control se han conseguido aceptablemente, es el momento de comenzar a preparar “el después” para que no sea improvisado, descontrolado ni traumático. Digo lo de traumático porque se nos ha ido un poco la mano con el miedo, recurso eficaz pero peligroso, y ya empezamos a encontrarnos con personas que sufren de ansiedad cuando asoman la nariz a la calle: hemos evitado que enfermen, pero les hemos regalado una fobia social que ahora les va a costar soltar.

Todas las cosas importantes se preparan, absolutamente todas. A nadie se le ocurre cerrar los detalles de una mudanza la noche antes de que se presenten los camiones en su casa. No conozco quien, esperando un hijo, hasta la semana 36 no compre los productos de higiene, la ropa, el cochecito o la cuna. Salimos de viaje, mochileros aparte, con nuestras reservas de hotel y el itinerario mínimamente pensado. Todo lo importante se prepara porque cuando se quiere que algo salga bien, nos adelantamos para evitar imprevistos que estropeen la experiencia, y procuramos dejar al azar el menor número posible de cuestiones. 

Cuando algo es importante dedicamos tiempo, energía y medios en su preparación, porque intentamos con todas nuestras fuerzas que salga lo mejor posible. Por eso ahora, cuando después de más de dos meses de encierro obligatorio, se comienza una salida gradual para millones de personas, me llama la atención cómo se hace.

Abrir la puerta del toril con el consejo de “portaros bien, que ya sabéis lo malo que es este bicho” es a toda luces insuficiente, imprudente y casi suicida. Si a esto le añades que ha llegado el buen tiempo, que la gente está deseando ver a sus amigos y retomar las costumbres que incluyen “vida en la calle”, lo más normal y previsible es que te encuentres con imprudencias del personal, con que muchos hacen de su capa un sayo y se saltan cualquier medida de seguridad sanitaria. Porque se olvidan de que sigue existiendo, al menos en teoría, un problema de salud. Sólo quieren satisfacer su necesidad social de airearse y relacionarse que han tenido capada muchos días, recuperar una libertad que les secuestraron. No se trata de excusar a los irresponsables, pero tampoco de pasar por alto que no se ha preparado bien algo tan importante como retomar la normalidad de nuestras vidas.

Estos meses de confinamiento han sido lamentablemente «la oportunidad perdida». Una vez logrado el control, hemos perdido la oportunidad de preparar la vuelta a cierta normalidad mediante un cambio de actitudes imprescindible, y de prevenir los efectos de una reactancia que lleva meses produciéndose y seguirá aumentando.

Ha faltado clamorosamente trabajar en un cambio de actitud que alimente la motivación interna de cada cual. Porque la salida implica cambios importantes de comportamientos, hábitos y costumbres, que van a requerir de esfuerzo y de cierto sacrificio. Es ingenuo pensar que, mediante el miedo, la presión coercitiva social o las sanciones de la autoridad esto se puede conseguir. O cada uno lo hacemos desde la motivación interna, o no hay presión externa que pueda conseguirlo. Se necesita un cambio de actitud personal, que es algo más que el consejo con moralina de apelara a la responsabilidad ciudadana. Una de las estrategias más eficaces para conseguir el cambio de actitud, es lo que llamamos “persuasión”, que está muy estudiada en psicología y de la que hay expertos profesionales.

La persuasión es una habilidad social que se aprende y que inspira muchos mitos. Tiene incluso cierta mala fama, ya que está extendida la idea de que persuadir es sinónimo de engañar o manipular.

Carl Houland, miembro del laboratorio de psicología de Yale, con sus estudios de comunicación y persuasión, sentó las bases de las estrategias de persuasión y su alcance. La persuasión no es ni buena ni mala, dependerá de para qué y cómo la utilicemos. Si empleases toda tu persuasión para evitar que una persona se arrojase al vacío desde su terraza ¿Tendrías la impresión de la estás manipulando? La persuasión es una habilidad social muy útil para conseguir un empleo, llegar a consensos en grupos de trabajo o acordar el destino de las vacaciones familiares ¡Desmitifiquémosla! El problema es que los estudios también nos dicen que no se consigue de cualquier manera ni lo hace cualquier persona. No puede ser persuasivo quien haya quemado su credibilidad o su prestigio, o quien no posea cualidades personales sólidas de liderazgo. No lo digo yo, lo dicen las teorías de la persuasión como estrategia de influencia y cambio de actitudes:

  • Una persona persuasiva presenta adecuadamente los argumentos, pero también tiene que conectar emocionalmente con quien tiene delante.
  • Necesita toda su Inteligencia Emocional, ya que las emociones serán un factor decisivo en conseguir o no persuadir.
  • Parte muy importante de esta Inteligencia Emocional es la congruencia interna que transmite, es decir, si da sensación de credibilidad, honestidad, veracidad y confianza.
  • Si no transmite estos valores, estará inutilizado como persuasor para atraer la libre de adhesión de nadie o casi nadie, y se quedará en mero manipulador o en la autoridad que impone, vigila que se cumpla y, si no es así, sanciona.

De persuasión saben mucho quienes se dedican a montar campañas de prevención de cualquier tipo, pero por lo que se ve en el grupo de “expertos” al mando de esta crisis no debe de haber nadie con este perfil. Una campaña de prevención, en este caso de prevención de rebrotes, no se consigue con ruedas de prensa llenas de datos y caras contritas ¿Te imaginas las campañas de la DGT en ese plan? La DGT incorpora en sus campañas imágenes terribles de los accidentes de tráfico y de sus secuelas, y eso sí parece que es efectivo porque “una imagen vale más que mil palabras”. Las campañas antitabaco ya no cuentan tanto las enfermedades que produce, lo fotografían directamente en cada cajetilla, aunque saben que las veremos como lejanas y hasta improbables. Está comprobado que el efecto del miedo dura poco tiempo, por eso ahora se acentúa mucho más los beneficios de «elegir salud», concepto muy en boga.

Nada de esto se ha hecho ahora o al menos yo me lo he perdido. Y aunque contáramos con estrategias de persuasión, las personas indicadas para llevarlas a cabo y la complicidad inteligente de los medios, tendríamos que habernos preparado para la “reactancia”…

Porque la tenemos, la tendremos y necesitamos saber manejarla.

La teoría de la reactancia psicológica la desarrolló Jack Brehm: «la reactancia es una potente fuerza motivacional que se activa cuando se eliminan, o se amenaza con eliminar, ciertas libertades conductuales«. Es decir: las prohibiciones funcionan en un primer momento como medida de urgencia, pero a medio y largo plazo provocan una fuerte reacción emocional de oposición frontal, que además nos inmuniza ante cualquier posible estrategia de persuasión que pretenda aplicarse después. Cuando ha emergido la reactancia, ya es tarde para cualquier persuasión: perdimos la oportunidad y vamos a destiempo. Ahora ya, inmunes y resistentes a doblegarnos, la reactancia nos pone en marcha y empuja para conseguir la restauración de las libertades perdidas, ya sea de manera directa o indirecta.

  • La fuerza de la reactancia depende de la importancia de la libertad amenazada: si es muy importante y valorada, la reacción emocional será mayor, más violenta y disruptiva.
  • Es especialmente fuerte cuando los límites a la libertad provienen de alguien o algo que no es percibido como legítimo o como competente.
  • Se da con más fuerza en personas, colectivos o culturas poco acostumbrados a sujetarse a normas, pues sus expectativas en cuanto al nivel de libertad son mayores.
  • Depende dela cantidad de libertades comprometidas y del tiempo que se pretendan limitar: más libertades restringidas y durante mayor tiempo, generan mayor reactancia hasta que, pasado un límite, decae por habituación.

Cuando se produce un fenómeno de reactancia, se llevan a cabo acciones para restaurar la libertad que se conocen como “restauraciones”: la restauración directa consiste en llevar a cabo directamente las conductas prohibidas; la restauración indirecta consiste en llevar a cabo conductas que desafían a quien impuso la prohibición; la restauración subjetiva consiste en construir una narración cognitiva que justifique cualquier acción y hostilidad hacia quien coartó la libertad. ¿Reconoces algo de lo que está sucediendo? No podemos olvidar que la reactancia es de sobra conocida por quienes pretenden manipular a las masas, que suelen emplear este descontento emocional tan fuerte a su favor, para inducir todo tipo de conductas en absoluto convenientes.

La reactancia es una fuerza interior valiosa y legítima para luchar por nuestras libertades cuando son cercenadas. Pero también puede ser utilizada por otros en su propio favor sin que nos demos cuenta, saliendo todos al final perjudicados.

Durante estos meses, los medios se han utilizado lamentablemente casi en exclusiva para conseguir objetivos de control a muy corto plazo. Se ha descuidado la previsión para el medio plazo, con una ausencia de objetivos eficaces de persuasión capaces de promover cambios de actitud en la población que ahora serían esenciales. La gestión global de la situación en forma y tiempos, ha generado las condiciones perfectas para que aparezca una fuerte reactancia, alentada por sectores muy críticos que se han sentido ignorados y no escuchados, cuando no directamente ninguneados o atacados.

Todo esto plantea al menos algunas dudas que tendremos que resolver sobre la marcha, ya que no se han previsto suficientemente por parte de quienes han gestionado supuestamente, para sin renunciar a nuestros criterios e ideas, conseguir no retornar a la casilla de salida, cosa que ninguno queremos.

Así que pongamos atención a las manifestaciones de reactancia en los próximos tiempos, para que en un indeseado efecto boomerang no termine abriéndonos la cabeza.

Manual del BienVivir: desobediencia

Una imagen, una frase… ¡Con eso basta!

Manual del BienVivir: obediencia

Una imagen, una frase… ¡Con eso basta!

Autoridad en bancarrota

“La autoridad es el equilibrio de la libertad y del poder”.

Emanuel Levy

La verdad es que hoy iba a escribir sobre las estrategias de manipulación de los medios, porque últimamente nos están dando un verdadero máster. Pero como con esto de las salidas y los paseos por edades y con horarios, siguiendo determinadas normas y cumpliendo ciertas indicaciones, vamos bastante de cabeza y se ve y se oye de todo, cambio mis planes.

Andamos con el patio revuelto… Entre los que se indignan cuando ven irregularidades y los que pasan olímpicamente de seguir cualquier norma, estamos los demás: cruzándonos de acera si vemos mucho follón y evitando en lo posible lo que nos parece un riesgo. Por supuesto, no faltan imágenes en los medios de desmanes e irresponsabilidades que, supongo yo, tendrán la intención de informar y de paso promover algún cambio. Yo hoy traigo mi granito y te animo a profundizar un poco en de qué va esto de la autoridad, la obediencia y qué factores influyen. A ver si así entendemos un poco mejor esta revolución del corral que nos traemos más allá de los tópicos de “son unos irresponsables”, “en este país somos ingobernables”, o “si intentan hacerlo peor no lo consiguen”.

Seguramente algo de todo eso hay, pero la realidad suele ser más compleja de lo que parece, por eso, cuanto más abramos el angular mejor. La psicología social contempla la autoridad y la obediencia como dos fenómenos importantes dentro de lo que denomina “la influencia social”, considerándolas un factor decisivo en el desarrollo de nuestra especie: es improbable que las sociedades humanas hubieran conseguido el éxito de sobrevivir sin obediencia para constituirse, mantenerse y prosperar.

Es todo un clásico el experimento que Stanley Milgran, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó en los meses posteriores a julio de 1961. En esa fecha se acababa de condenar a muerte a Adolf Eichmann por crímenes contra la humanidad durante el nazismo, lo que había reabierto el debate de cómo el Reich pudo tener tantos colaboradores para algo tan terrible como el holocausto: o los alemanes eran medio monstruos, o había algo que necesitábamos comprender acerca de lo que había sucedido.

Milgram, como tantos, se preguntaba:¿Eichmann y los demás “solo seguían órdenes”? ¿Eso les exculpaba o les hacía cómplices? ¿Hasta dónde se podía llegar por obediencia? ¿Eran personas “normales”? Y sobre todo ¿Podría repetirse algo parecido en el futuro? ¿Qué podíamos hacer para prevenirlo?

El experimento de Milgram era sencillo: reclutó voluntarios de entre 20 y 50 años para un estudio sobre memoria y aprendizaje; en ningún momento se les decía que en realidad se trataba de un experimento sobre la obediencia a la autoridad. Una vez seleccionados los participantes se les explicaba que un voluntario haría de maestro y otro de alumno. Quien hacía de maestro leería pares de palabras a quien hacía de alumno para que las memorizase en una primera vuelta. En una segunda vuelta, el maestro leería solo la primera palabra de cada par, y el alumno tendría que recordar la segunda. Cada vez que el alumno fallara el maestro, mediante un mecanismo que previamente habían conectado e incluso probado, le daría una descarga eléctrica que iría aumentando en potencia con el número de fallos. Se les explicaba que las primeras descargas eran solo molestas, incluso las probaban en ellos, pero que al aumentar el voltaje serían dolorosas y hasta peligrosas para la integridad física del alumno.

El truco estaba en que el supuesto “alumno” era, en realidad, un miembro del equipo experimentador, y que la supuesta “máquina de descargas” no las daba. Pero el «maestro», que era el verdadero sujeto experimental, no lo sabía… Y el torpe «alumno», separado tan solo por un cristal de su maestro, se retorcía y gritaba magistralmente cuando las supuestas descargas aumentaban de voltaje. Si el maestro dudaba, el experimentador solo le recordaba que el experimento tenía que llegar al final, completando la lista entera, para ser válido… ¿Cuál crees que fue el resultado?

El 65% de los “maestros” llegaron a administrar el voltaje máximo de 450 voltios a sus “alumnos”, aunque se sintieran fatal haciéndolo. Ningún «maestro» se detuvo en el nivel de los 300 voltios, límite en el que el “torpe alumno” dejaba de dar señales aparentes de vida. El mismo Milgram quedó sorprendido y años más tarde habla de la conclusión de este experimento que ha quedado como referente:

«Monté un sencillo experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona, simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos participantes sobre hacer daño a otro ser humano y, con los gritos de las víctimas resonando en sus oídos, la autoridad pesaba más que la compasión. La extrema facilidad con que las personas adultas normales aceptan cualquier requerimiento ordenado por una autoridad, constituye el principal descubrimiento del estudio». (Stanley Milgram, «Los peligros de la obediencia» 1974)

Interesante ¿verdad? Eran tiempos en los que la obediencia constituía un valor importante de la sociedad. Pero el horror del holocausto y experimentos como éste que lo replicaban, pusieron en duda entre la gente de a pie que una sociedad tan obediente fuera lo deseable. El gran cambio social de los años 60 tomó además como referentes figuras que no se plegaron precisamente a la autoridad, al considerar injustas una parte de sus exigencias: Gandhi, Luther King y Nelson Mandela se convirtieron en referentes del poder de la desobediencia para conseguir cambios. Era el principio del fin de la obediencia como valor social, y el comienzo del alza de otros valores como el pensamiento crítico, la insumisión y la desobediencia civil.

La obediencia además está ligada a la autoridad: si no hay autoridad no existe la obediencia ¿no? Por eso, si queremos comprender por qué obedecemos o dejamos de hacerlo, tenemos también que detenernos en la segunda parte de la ecuación: a quién o a qué se supone que obedecemos o no, y cómo esa autoridad puede ganarse nuestra obediencia o ponérnoslo muy difícil. La psicología social define así la autoridad:

«La autoridad es un privilegio de primacía que se reconoce en la influencia social, y que coloca a un sujeto o a un grupo por encima de los demás. Quien la detenta está revestido de un poder de mando sobre el resto, que ejerce a través de decisiones y normas que hay que cumplir. El grupo queda entonces dividido entre los que detentan la autoridad y mandan, y los que no la detentan y obedecen.”

Esa es la teoría, pero las cosas no siempre funcionan así: sucede que en algunas ocasiones el engranaje chirría y salta por los aires, especialmente en momentos difíciles o en crisis de cualquier tipo. Veamos… Una clasificación muy básica de los tipos de autoridad es la que la divide en formal y moral:

  • La autoridad formal proviene de que se le haya proporcionado algún tipo de superioridad posicional a un individuo o grupo con respecto a otros, otorgándole un poder de decisión. Es elegida o nombrada y con frecuencia utiliza su capacidad de administrar castigos y recompensas en función de si se cumplen o no sus directrices.
  • La autoridad moral es la que se otorga en base al respeto que merecen las cualidades manifiestas de quien la detenta, ya sea por su experiencia o por sus características humanas o éticas. Surge del reconocimiento y no del nombramiento. La obediencia que suscita es libre y por convicción, ya que no tiene la capacidad de recompensar ni de castigar.

Lo que nos dicen los estudios es que siempre, pero especialmente en momentos difíciles y de crisis, la autoridad moral es mucho más eficaz para generar obediencia que la autoridad formal. A esto hay que sumarle que, incluso en tiempos tranquilos, la autoridad formal pierde velozmente su poderío cuando salen a la luz fechorías éticas de cualquier tipo. Eso que tantas veces decían nuestros mayores, “hay que predicar con el ejemplo”, es un concepto que retoman muchos pensadores actuales en sus reflexiones acerca de los cambios sociales provocados por diferentes factores, entre ellos la crisis de autoridad en nuestros tiempos.

Javier Gomá, filósofo y ensayista en boga en nuestro país y autor de la «Tetralogía de la ejemplaridad», va más allá al proponer un concepto de ejemplaridad que salta de la comodidad de lo teórico para aterrizar de lleno en la responsabilidad de una ciudadanía que no se contenta con instalarse en la queja:

“No se trata de confiar en que los empresarios y políticos sean una especie de entes seráficos, sino más bien de llegar a ser una ciudadanía ilustrada que exija del empresario y del político determinados comportamientos ejemplares”

¡Ahí queda eso!

La autoridad moral se conquista con la coherencia entre el hacer y el ser, surge cuando se perciben con claridad valores éticos referidos al bien común como la fuente de la que emanan las decisiones y actuaciones concretas. Es una autoridad que genera obediencia, no como sumisión a cualquier arbitraria o desafortunada decisión, sino como colaboración para la consecución de metas comunes y compartidas por todos. No obtiene la obediencia con sanciones o castigos, sino por la transparencia de sus propuestas, la bondad de sus objetivos y su apertura ante cualquier aportación que allane el camino para conseguirlos, venga de donde venga. Es un tipo de autoridad que no puede fabricarse ni inventarse con campañas, ni inflando artificialmente la imagen de quien la desea. Que no está a la venta ni se obtiene por decreto, ni siquiera cuando quien decreta está legitimado para hacerlo. La única manera de conseguirla es el compromiso evidente y visible entre el ser y el hacer, la supremacía explícita de una vocación de servir que arrolle la ambición de figurar, la coherencia comprobable entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que finalmente se lleva a cabo.

Por eso no puede ser conquistada a golpe de decreto ni de investidura. Por eso, cuando alguien que no la posee reclama ser obedecido en su nombre, el inconsciente colectivo caza la impostura y anima a la insumisión, incluso aunque desobedecer sea un error o una desventaja para el conjunto de la sociedad y para el bien común. Por eso hay que permanecer muy atentos para detectar la jugada que nos puede hacer el inconsciente, y pararnos a pensar antes de actuar…

Yo creo que estas cuestiones arrojan bastante luz sobre por qué está pasando lo que está pasando. Pero por si queda alguna duda, le paso el testigo a alguien que lo explica con maravillosa sencillez:

El asteroide 325 estaba habitado por un rey. El rey estaba instalado, vestido de púrpura y armiño, sobre un trono muy simple y sin embargo majestuoso.

– Ah! He aquí un súbdito, – exclamó el rey cuando divisó al principito. Y el principito se preguntó: «¿Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes?» No sabía que, para los reyes, el mundo está muy simplificado: todas las personas son súbditos suyos.

-Acércate para que te vea mejor- le dijo el rey, que estaba muy orgulloso de ser rey para alguien. El principito buscó con los ojos dónde sentarse, pero el planeta estaba todo cubierto por el magnífico manto de armiño. Permaneció entonces de pie, y como estaba cansado bostezó.

– Es contrario a la etiqueta bostezar en presencia de un rey, – le dijo el monarca -, ¡Te lo prohíbo!  – No puedo evitarlo, – respondió el principito muy confundido-, hice un largo viaje y no he dormido… -Entonces, – le dijo el rey -, te ordeno bostezar. No he visto a nadie bostezar desde hace años. Los bostezos son para mí una rareza. Vamos… Bosteza de nuevo ¡Es una orden!

-Me siento intimidado… ya no puedo… – dijo el principito poniéndose colorado.

– ¡Hum, hum! – respondió el rey, – entonces te… ¡Te ordeno bostezar unas veces sí y otras veces no…! – Balbuceaba un poco y parecía incómodo. Porque el rey cuidaba especialmente que su autoridad fuera respetada. No toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto.

– Majestad… ¿Sobre qué reina usted?

– Sobre todo, – respondió el rey, con una gran simplicidad.

– ¿Sobre todo?

 El rey con un gesto discreto señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas

– ¿Sobre todo eso? –  dijo el principito…

– ¡Sobre todo eso! – respondió el rey. Porque no sólo era un monarca absoluto, sino que era un monarca universal.

Semejante poder maravilló al principito. Si él lo hubiera tenido, habría podido asistir, no a cuarenta y cuatro, sino a setenta y dos o incluso a cien, o incluso a doscientas puestas de sol en el mismo día, sin tener que mover nunca su silla…  Como se sentía un poco triste por el recuerdo de su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:

– Quisiera ver una puesta de sol… Tenga la bondad… Ordénele al sol ocultarse…

– Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y el general no ejecutara la orden recibida ¿quién estaría en falta, él o yo?

– ¡Sería usted! – dijo con firmeza el principito.

– ¡Exacto! Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar – prosiguió el rey -. La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

– ¿Y mi puesta de sol? – recordó el principito, que nunca olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

– Tu puesta de sol, la tendrás. Yo la exigiré. Pero esperaré, con mi sabiduría de gobernante, a que las condiciones sean favorables. Será a eso de… a eso de… ¡Será esta tarde a eso de las siete horas y cuarenta! ¡Y ya verás cómo soy obedecido!

El Principito, Cap. X (Antoine de Saint-Exupéry)

La autoridad se basa en la razón, la obediencia también… Si quieres resultados, no pidas imposibles: A veces la responsabilidad de la desobediencia está más en quien ordena que en quien desobedece.

Quien pretenda ser considerado autoridad no puede esconderse tras la opacidad, despreciar lo que aportan quienes piensan diferente, ni negociar nada con nadie pagando el precio que le piden con lo que no es suyo, sino del conjunto.

La ejemplaridad de los poderes públicos es mucho más eficaz que las sanciones para que las medidas se obedezcan. Pero cuando quien detenta la autoridad no es ejemplar, esa autoridad que se arroga queda reducida simplemente a poder, y no es lo mismo poder que autoridad:

“Autoridad” viene del latín “autocritas”, que significa hacer progresar algo. «Poder” viene del latín “potere”, con la raíz “poti”, que significa dueño o amo. Con las personas se ejerce la autoridad, en los cortijos el poder: No es de recibo que quien detenta la autoridad pretenda hacer de las personas su cortijo.

La ejemplaridad no es solo exigible a los políticos y demás fauna pública. Debería de ser el compromiso de todos y lo que nos diferencia como sociedad evolucionada, inteligente y solidaria.

Por eso te animo a que pienses y decidas con ejemplaridad lo que haces en estos momentos que no son precisamente fáciles.

Manual del BienVivir: cambio

Una imagen… Una frase… ¡Con eso basta!

Manual del BienVivir: tonto

Una imagen, una frase… ¡Con eso basta!

Memoria de pez

La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás.

Gregorio Marañón

Parece mentira que los seres humanos tengamos memoria de pez. No sé si es cierto o es un mito, pero se dice que la memoria de los peces dura solo 3 segundos. Igual solo le pasaba a Dory, y en ese caso me corrijo: ¡Parece mentira lo Dorys que somos! Y me incluyo… La historia se repite, ahora mismo lo está haciendo como en un continuo Día de la Marmota, pero lo preocupante es que muchos no nos damos ni cuenta, y me vuelvo a incluir. Quiero pensar que tú eres menos Dory que yo y sí que te estás enterando, así que lo que sigue me lo cuento para mí, a ver si de una vez espabilo y me entero que ya va siendo hora…

Cuando estudiaba la carrera me encontré con una asignatura que me enamoró, y que además me impartió quien creo fue mi mejor profesor: Luis López Yarto. Luego, por circunstancias de la vida, solo seguí curioseando en ella por puro interés personal, pero reconozco que me sigue fascinando: hablo de la Psicología Social. Veamos una definición del objeto de su estudio corta y concreta:

La psicología social es el campo científico que trata de entender la naturaleza y las causas del comportamiento y del pensamiento del individuo en situaciones sociales. Tiene como objeto conocer de qué manera los pensamientos y acciones de la gente son influenciables y efectivamente influidos por otras personas.

Tres ejemplos concretos y representativos de todo lo que investiga esta rama de la psicología me parecieron súperinteresantes, y aún hoy me lo parecen:

  • La psicología de los jurados: explica y estudia cómo en la aplicación de la justicia mediante juicios con jurados populares, se puede influir en la opinión de quienes los forman en uno u otro sentido. Los abogados de países como Estados Unidos en los que esta forma de impartir justicia es frecuente dominan el tema a la perfección. Y en base a esto recusan a los miembros propuestos las veces que haga falta, hasta que obtienen un jurado que suponen será razonablemente influenciable para dictaminar en favor de la parte que representan. Vamos, que lo de «juicio justo» es muy, pero que muy relativo. Ya sabes: mejor un mal acuerdo que un buen juicio, por siaca…
  • La psicología de la publicidad: desde que descubrí los entresijos de la publiciad, los anuncios de la tele dejaron de ser solo interrupciones molestas de la película o el programa que veo, para tomármelos como un reto: el de descubrir su “truco”, es decir, qué punto flaco me encuentran para que quiera comprar lo que venden. Si te fijas, el 90% no vende un objeto, sino un estilo de vida a través de determinados valores y emociones, que se reflejan en imágenes concretas con colores en absoluto casuales, y que sutilmente se asocian ¡Ahora sí! a lo que me quieren vender sin que casi me dé cuenta. Y acabo comprando un estropajo para ser feliz… ¡Fastuoso, que diría Forges!
  • La psicología de la comunicación: me vas a permitir que de esto me explaye en lo que me queda de esta entrada e incluso en la próxima, porque el tema da para largo. Paciencia…

Mirémonos primero nosotros como especie… Somos genéticamente miedosos: o sea que el miedo forma parte de nuestro ADN. Sí, tal cual ¡Va en el lote!

  • Hay un miedo natural que se dispara cuando nos atracan a punta de navaja.
  • Hay un miedo patológico cuando la fobia a los espacios cerrados nos impide coger el ascensor para subir al 8º.
  • Hay un miedo inducido que es provocado por “alguien” utilizando “ciertos recursos” y que tiene como finalidad manipular conciencias, libertades, ideas o creencias. Persigue alcanzar algún propósito mediante la sumisión, la desesperanza, la desmovilización, el individualismo o el gregarismo, y el sentimiento de culpa ante la desobediencia legítima.

Cuando añadimos al miedo el sentimiento de culpa, tenemos el tándem mágico que a lo largo de la historia ha triunfado cuando se trataba de conseguir la manipulación social. Este «equipo de dos», miedo y culpa, ha conseguido anular las libertades en mil ocasiones y todavía hoy sigue consiguiéndolo. Además tiene truco: al ser lo de la manipulación «juego sucio» ¡valen las trampas! La más frecuente es añadir dos circunstancias a la cotidianidad del grupo al que se quiere manipular, para incrementar notablemente las probabilidades de éxito:

  • Dificultar que se organicen en grupos grandes e influyentes: lo ideal es aislarlos de uno en uno, pero como no siempre se puede, al menos que formen grupos muy pequeños. Esto facilita enormemente la tarea.
  • Que de la manera más natural posible, se establezcan dos bandos bien definidos: el de los “buenos” y el de los “malos”. Hay que encargar a los “buenos” que vigilen y castiguen a los “malos” cuando saquen las patitas del tiesto, ya que así se ahorra mucho esfuerzo y trabajo a quien manipula.

¡No es ciencia ficción ni teoría del conspiracionismo! Recuerda a la Alemania del Tercer Reich, el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla o la Ruanda de los Hutus y Tutsis. Y ahora mismo la Cuba de los Castro, el Zimbabwe de Mugabe, la Venezuela de Maduro o la Corea de los Kim…

Piensa en la historia de nuestro propio país no hace tanto…

En estos tiempos difíciles, en los que globalmente luchamos contra una pandemia como nunca últimamente lo habíamos hecho, también podemos ver con claridad estrategias dirigidas a influenciar, en un sentido o en otro, al conjunto de la sociedad o a un grupo en concreto. No es nada original, es solo más de lo mismo… Es imprescindible conocer cómo funciona el plan para poder neutralizarlo o escapar. Se trata de estrategias relativamente sencillas, algunas hasta burdas, pero con una gran capacidad de influenciar.

Hay dos poderes especialmente interesados en llevarnos a su terreno y que saben bien cómo funciona este sistema nuestro de razonar irracionalmente. Cuando lo utilizan a su favor consiguen cambiar el modo en el que vemos las cosas, el modo en el que nos posicionamos ante ellas y, al final, el modo en el que nos expresamos con nuestras palabras, nuestras elecciones y nuestros comportamientos. Dos poderes que normalmente, salvo honrosas excepciones, hacen una alianza fáctica: el poder político y el poder de la información-comunicación ¡No en vano le llaman “el cuarto poder”! Si somos objetivos tendremos que reconocer que esta pérfida alianza no depende tanto de colores como de ambición, y ambiciosos los hay de todos los colores, no nos engañemos.

En esta entrada voy a centrarme en el poder político y en cómo hace para influir en la opinión y comportamiento social ¿Eso es manipular? Cada cual que decida…

Antes de seguir, aclaro que esto no va de política de ningún signo, sino de cómo la política utiliza nuestros mecanismos psicológicos para llevarse el gato al agua. La política así, con minúscula, porque la Política de los Políticos tiene como objetivo “promover el arte ciudadano de convivir en favor del bien común”, lo que pasa es que de esa Política queda tan poca que cuesta encontrarla…

El modelo más reciente de cómo se manipula a todo un pueblo hasta extremos inconcebibles lo tenemos en Goebbels, mano derecha del Führer: aplicó de manera magistral los principios de manipulación que desde Roma han funcionado. En la actualidad, cualquier régimen político interesado en controlar la opinión pública para conseguir su favor y llegar o mantenerse en el poder, emplea los mismos principios adaptándolos a su situación concreta. Es necesario comenzar con dos acciones de manual si queremos que la cosa funcione:

  • Lo antes posible hay que hacerse con el monopolio del aparato mediático estatal, centralizarlo y controlarlo totalmente. Simultáneamente hay que perseguir, acorralar y, si es posible prohibir, informaciones y publicaciones que no sean las «oficiales» y, por tanto, no se puedan supervisar ni controlar.
  • Hay que diseñar un sistema de consignas que se transmitan entonces por estos medios informativos y culturales «oficiales»: televisión, cine, radio, teatro, literatura y prensa. Será insistiendo en ellas como se vaya modificando paulatinamente la opinión de las masas.

¿Es que somos tontos? ¿Nos hipnotizan? ¿Es brujería?

No… nada de eso: consiguen su propósito debido a unas grietas en nuestro modo de pensar e interpretar, los “heurísticos” (¿recuerdas la entrada anterior?): atajos cognitivos en nuestro razonamiento que a veces, al no considerar todos los datos y dejar algunos al margen para abreviar, porque son atajos y nos llevan en «modo turbo» por los circuitos del razonamiento, nos conducen a conclusiones erróneas. Para aprovechar estos fallos en nuestro razonamiento siguen principios muy efectivos:

1.- El principio de simplificación y del enemigo único: adoptar una única idea, un único símbolo e individualizar al adversario en un enemigo común «al que venceremos todos». Cuanto más simple la idea, más cala en la multitud y menos se discute. No se trata de aleccionar de manera compleja, sino de un mandato único, sencillo y sin discusión. Si encontramos un gesto común en el que todos se sientan identificados y recogidos, que se repita constantemente creando la ilusión de «esto es cosa de todos», será difícil que se perciba que «es cosa de todos» sí, «pero de unos más y de otros menos», depende de las responsabilidades: cuanta más responsabilidad tengas, más «cosa tuya es».

2.- El principio del método de contagio: reunir a los adversarios en una sola categoría. Todo lo que se opone al régimen y a la norma se mete en el mismo saco y es “el enemigo”. Da igual que sea una acción peligrosísima o un mindungui dándose un paseo con el perro por el monte.

3.- El principio de la transposición: consiste en culpar al adversario de los propios errores, respondiendo a sus cuestionamientos con el ataque. En vez de responder a lo que se cuestiona, se trata de enzarzarse en una pelea, de modo que en el fragor de la lucha se olviden de aquello por lo que al comienzo te pedían cuentas. Es la vieja estrategia del “¡Y tu madre más!”

4.-El principio de la exageración y desfiguración: se trata de convertir una anécdota, por pequeña que sea, en una grave amenaza o un gran triunfo. Se da publicidad nacional a la detención de cualquier pobre diablo «que nos pone en peligro a todos» o, según aterriza un avión se proclama el éxito de la gestión, aunque el material que trae sea defectuoso o del Pleistoceno.

5.- El principio de la vulgarización: el mensaje debe de estar pensado para que lo entienda el menos inteligente y el menos ilustrado de los receptores. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental que tengan que hacer. Mensajes causa-efecto son los que mejor funcionan porque todo el mundo los entiende. Se alimenta del sesgo de la ilusión de control.

6.- El principio de orquestación: hay que limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas hasta la saciedad desde diferentes perspectivas, sin fisuras ni dudas. No importa si son verdaderas o no, porque está comprobado que si una mentira se repite suficientemente, acabamos dándola por cierta. Sobran los ejemplos…

7.- El principio de renovación: hay que dar constantemente información y argumentos a un ritmo tal que, cuando alguien quiere cuestionarlos, la gente esté ya pendiente de la siguiente avalancha de información. Es el alma máter de la “infoxicación” y del «¡Alló Presidente!», que no son nada recién inventado…

8.- El principio de la verosimilitud: o cómo hacer que una representación de la realidad (una idea o una interpretación de algo) se acepte como “la verdad”. Se consigue explorando lo que la gente quiere oír y, cuando lo sabemos, pegando algún fragmento de «eso» a la idea que queremos colar. Solo queda luego plantearla con la mayor seguridad y aplomo posibles para que, por el sesgo de la ilusión de la confianza, se acepte a pies juntillas.

9.- El principio de la silenciación: consiste en silenciar y esconder lo que resulta indefendible porque pone en evidencia debilidades o errores. Simultáneamente hay que conseguir silenciar, esconder o disimular las noticias que favorecen al adversario para evitar que se haga más fuerte. Hay que controlarlo muy bien para que no se produzca el efecto péndulo: cuando se silencian errores muy evidentes, el adversario puede acabar inventándose otros que sean aún mayores, a través de los llamados «bulos».

10.- El principio de la transfusión: la influencia es mayor y más fácil si se apoya en un sustrato previo, como una religión, una lucha étnica o rivalidades tradicionales. Cualquier argumento echará raíces más fácilmente si guarda cierta sintonía con ese sustrato preexistente. Lo de las dos Españas sigue siendo un terreno fértil y fácilmente explotable por el sesgo de memoria, que hace de ellas con frecuencia una historia de buenos y malos sin matices.

11.- El principio de la unanimidad: se trata de conseguir convencer a cada persona de que “piensa como todo el mundo”, y crear con ello la impresión de unanimidad. Como parece que cuantos más piensan una cosa, más verdad es, ser disidente se convierte en algo muy costoso: a nadie nos gusta ser la “oveja negra”, soportar la presión de ir contracorriente o correr el riesgo de que te señalen y denuncien. Esto funciona muy bien por el sesgo del falso consenso: si todos lo ven así, será que es así…

No sé si has llegado hasta aquí, ni lo que ronda por tu cabeza, y casi que prefiero no saberlo. Solo me reafirmo en que esto pasa al margen de colores, salvo honrosas excepciones. Unas veces más y otras veces menos, pero me temo que ahora estamos en una de las de «más»… Malo es que en esta situación crítica lo que nos mueva sea el miedo, primero porque es mal combustible para cualquier viaje; segundo porque como emoción tiene la mala costumbre de transformarse con gran facilidad en otra: la rabia. Y esa ya sí que es una fatal compañera de viaje que puede hacernos perder la perspectiva del todo, cosa que no nos conviene para nada…

Termino con una frase que estos días me ronda insistente… Probablemente porque la troupe de mis personajes internos anda revolucionada, y la cínica y la sarcástica, hasta el gorro de este arresto domiciliario, se empeñan en sacar el moño a pasear:

«Así es como muere la libertad: ¡Con un estruendoso aplauso!» (Princesa Padme Amidala, esposa del Jedi Anakin Skywalker,  Darth Vader en el Lado Oscuro)

¡Se me ponen los pelos de punta! A ver si en los próximos días salen de paseo personajes más benignos que me inspiren frasecitas con mejor fario…

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