
Si hay algo básico para que seamos razonablemente felices y equilibrados, y para que nuestros entornos relacionales sean saludables, es que tengamos una autoestima en condiciones. La autoestima es el conjunto de percepciones, imágenes, pensamientos, juicios y afectos que tenemos sobre nosotros mismos: es lo que yo pienso y siento sobre mí, y el grado de satisfacción con el que me miro y considero. Se construye sobre los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que, sobre nosotros mismos, hemos ido recogiendo durante nuestra vida: creemos que somos listos o tontos, nos gustamos o no nos gustamos nada, confiamos en nuestros recursos o nos tenemos por incapaces…
Los miles de impresiones, evaluaciones y experiencias acerca de nosotros, acaban por conformar un sentimiento positivo hacia nosotros mismos o, por el contrario, un incómodo sentimiento de no ser lo que esperábamos.
- Una buena autoestima es la experiencia fundamental de que podemos llevar una vida significativa.
- Supone la confianza en nuestra capacidad de pensar y de enfrentarnos a los desafíos básicos de la vida.
- Incluye creer en nuestro derecho a triunfar y a ser felices, a sentirnos merecedores de respeto y dignos de ser amados, a reclamar sin rubor la satisfacción de nuestras necesidades
- Nos permite concedernos el derecho de guiarnos por nuestros valores en lo que emprendemos y de disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos.
La autoestima no es algo innato, aunque pueda haber una cierta disposición, sino que echa sus raíces en la infancia y se desarrolla a lo largo de la vida, es dinámica y fluctúa: puede mejorar, pero también puede debilitarse y empobrecerse como consecuencia de experiencias negativas. Tiene tres dimensiones diferentes que se complementan:
- La cognitiva: la descripción y opinión que tiene cada uno de sí mismo en diferentes dimensiones de su vida, es “lo que pienso de mí”.
- La afectiva: la valoración afectiva que realizamos de nuestras cualidades personales, en cuanto a que las amamos o no, es «lo que siento por mí”.
- La conductual: como resultado de la valoración anterior, surge la elección de actuar de determinada manera que cuadre con nosotros, es “lo que hago”.
La visión tradicional de la autoestima en los años 60-70, consideraba que lo deseable era lograr una alta autoestima, y que el único problema era su déficit. Por eso el trabajo educativo y terapéutico se enfocaba exclusivamente en incrementarla, ya que lo idóneo era que las personas la tuvieran lo más alta posible. Entre los 60 y 70 se crearon en Estados Unidos multitud de programas educativos en las escuelas destinados a incrementarla en los niños, para que fueran adultos con alta autoestima, que parecía en principio una buena apuesta.
Se llevaban a cabo fomentando elogios constantes de padres y profesores, y autoinstrucciones del tipo “¡Soy el mejor!”.
Eran unas intervenciones simplistas, en las que se descuidaban otras cuestiones relevantes para la maduración como el autoconocimiento, la elección y compromiso con metas valiosas, el valor del esfuerzo, el reconocimiento y aprendizaje de los errores, o las relaciones interpersonales sinceras.
Años más tarde, en los 90, al retomar la investigación sobre los adultos en los que se habían convertido aquellos niños, las conclusiones no fueron en absoluto las que se esperaban. Al centrarse solo en incrementar la autoestima a cualquier precio, y descuidar otros aspectos esenciales, los padres y profesores habían contribuido a crear una generación de adultos muy vulnerables psicológicamente:
- Al dar excesiva importancia a cómo se sentían los niños, sin valorar lo que conseguían esforzándose aunque no les gustara, se convirtieron en adultos que no sabían perseverar, integrar las frustraciones ni superar obstáculos.
- Se suponía que con alta autoestima tomarían mejores decisiones, pero solo tomaban las más fáciles o las que tenían beneficios a corto plazo, que no eran necesariamente las mejores.
- Esos niños que habían escuchado de sus padres y profesores cosas exageradas e incluso irreales acerca de sus capacidades, eran ahora adultos con delirios de grandeza, expectativas irrealizables y con una imagen distorsionada de sus capacidades reales.
- Al haberles evitado sus padres y educadores que se enfrentaran a cualquier frustración o evidencia de sus limitaciones, los adultos que eran ahora difícilmente gestionaban los contratiempos y se sobreponían a ellos.
Ya con estas observaciones hubiera bastado para cuestionar la idea de que fomentar una alta autoestima a cualquier precio era lo deseable, pero es que aún había más: se empezó a comprobar cómo la alta autoestima con relativa frecuencia correlacionaba con conductas problemáticas relacionadas con el egoísmo, el narcisismo o la violencia. Se constató que muchas personas con altos niveles de autoestima tenían también serios problemas en su funcionamiento psicológico y en su forma de relacionarse con los demás: eran egocéntricas, arrogantes y prepotentes, con tendencia a deformar la realidad para hacerla coincidir con una autoimagen distorsionadamente positiva, y propensas a reaccionar con ira o violencia, a dominar y subyugar a sus semejantes.Esa autoestima grandiosa o narcisista, era un problema tan necesitado de tratamiento como el déficit de autoestima.
Se concluyó que no solo no era bueno, sino contraproducente y hasta peligroso, fomentar una autovaloración exageradamente favorable en personas que tenían o podían llegar a tener este perfil.
Fueron entonces apareciendo publicaciones e investigaciones acerca de lo que se llamó el “lado oscuro de la autoestima”, en lenguaje propio de Star Wars. Ahora manejamos un concepto mucho más moderno, el de “la autoestima maligna”, que engloba toda una constelación de comportamientos que orbitan entre la personalidad autodestructiva, el narcisismo patológico, el masoquismo y la depresión ¡Un novedoso e interesante planteamiento que explica muchas cosas!
Es relativamente fácil confundir el narcisismo con una elevada autoestima, lo que hace que personas con marcado sesgo narcisista campen a sus anchas e incluso sean socialmente bien consideradas. Esto es complicado e incluso peligroso si acceden a puestos de responsabilidad o toman decisiones de relevancia, en especial las relacionadas con los demás, como serían la gestión de equipos o de colectivos de cualquier índole. Porque no van a velar por el bien común, como sería de suponer, sino solamente por continuar inflando y sublimando su propia imagen y poder. No pueden hacer otra cosa, porque esto es solo lo que su desequilibrio permite.
El narcisismo y la autoestima buscan de alguna manera la legitimación del ser, pero las diferencias en el “cómo” son enormes:
La diferencia global entre el narcisismo y la autoestima elevada es que el primero supone la negación del valor de los demás, que quedan reducidos a meros proveedores de atención y fama. La autoestima, en cambio, hace que nos sintamos bien con nosotros mismos como seres integrados en una sociedad en la que nos relacionamos con otras personas también válidas y valiosas.

El narcisismo y la autoestima son opuestos en sus motivaciones y en su manera de expresarse hacia el exterior por lo que, pese a que hay comportamientos que puedan atribuirse a ambos, también hay diferencias claras que los diferencian radicalmente:
1. El narcisista tiene una percepción exagerada de sí mismo: se da una importancia exagerada y tiene una autoimagen distorsionada. Busca con ello una seguridad que compense un vacío interno en el que se esconde una persona insegura, necesitada del aplauso externo constante.
Quien posee una alta autoestima experimenta una satisfacción mucho más interior, menos inflada y mejor argumentada. No necesita inflar su imagen porque está segura de sí misma, no necesita exagerar ni remarcar los éxitos frente a los demás, simplemente disfruta celebrándolos.
2. Asertividad o necesidad de atención: El perfil narcisista necesita atención y tratará a toda costa estar en el centro y ser el protagonista. No importa si tiene que ser “el niño en el bautizo o el muerto en el entierro”, el caso es ser el centro.
La persona con alta autoestima es asertiva: escucha, atiende y elige el momento para expresarse. Lo hace con conocimiento y aportando valor con su intervención. Pero puede también quedarse tranquilamente en un segundo plano, porque no necesita “figurar” ni ser protagonista para sentirse bien.
3. La empatía: Al estar el narcisista tan pendiente de sí mismo y de su imagen, pone tanto el foco en agradar y quedar bien que no puede conectar de verdad con los demás. Por supuesto si cree que alguien pone en peligro su imagen o su opinión, no dudará en atacarle y, si puede, quitárselo de enmedio.
La persona con una buena autoestima conecta con los demás porque no está centrada en sí misma y puede ponerse en el lugar de los otros. Está abierta a diferentes puntos de vista, ideologías y sentimientos, de los que no siente la necesidad de defenderse porque no los percibe como una amenaza, sino como expresión de una rica diversidad. Eso permite que sus relaciones sean amplias, diversas y gratificantes.
4. Egoísmo o cooperación: El narcisista tiene un comportamiento egoísta y competitivo, en el que lo único que importa es la posibilidad de obtener algún beneficio de cualquier relación o situación.
La persona con alta autoestima sabe cuándo y cómo mostrar generosidad. Está abierta a la cooperación y a la colaboración porque no cree que le resten nada, sino que le aportan mucho.
5. Arrogancia o compasión: El narcisista tiene una actitud de prepotencia y arrogancia que imposibilitan que se muestre compasivo con nadie, aunque la situación lo requiera. Suele mostrarse agresivo, envidioso y necesita dominar para sentirse bien. No acepta las críticas y se las toma como una ofensa personal. Difícilmente aprenderá de sus errores porque ni los percibe ni los acepta.
Quien tiene alta autoestima se muestra compasivo consigo mismo si comete errores, y con los demás cuando los comenten. Valora el esfuerzo por superarse, y por eso mismo sabe que no hay mejora sin aceptar retos y, al hacerlo, arriesgarse a errar.
Hoy manejamos un concepto nuevo al referirnos al grado deseable de autoestima: autoestima óptima o autoestima sana. Se trata de un enfoque mucho más integrador, que la considera no solo como una actitud favorable hacia uno mismo, sino como algo más global que incluye si la persona actúa en forma congruente o no con sus necesidades, intereses, valores y metas, cómo se comporta en su entorno y en sus relaciones, y el grado de adaptación y satisfacción tanto de los que le rodean como de la persona misma, en cuanto a su manera de ser y estar en la vida.
La «sana autoestima» o «autoestima optima» sería la que nos ayuda a conseguir nuestras metas y a mantener un mejor funcionamiento global.
- Quienes la poseen permanecen en contacto con su auténtico “yo”, con una sensación de autenticidad interior que es la que guía sus decisiones y elecciones para conseguir metas y objetivos.
- Están abiertos a toda la información autorrevelante, incluyendo la percepción de sus límites y errores, que asumen sin necesidad de justificarlos con distorsiones cognitivas que los disimulen.
- Tienen la sensación de manejar eficazmente los retos vitales que les tocan y de vivir experiencias satisfactorias.
- Poseen una estabilidad anímica sin fluctuaciones exageradas que dependen del cambio de circunstancias o incluso de sucesos en principio negativos.
- Son poco dependientes de los logros visibles alcanzados y de la aprobación manifiesta externa.
- Mantienen relaciones auténticas que les permiten mostrarse tal y cómo son y sentirse aceptados y valorados.
Te invito a que te mires interiormente y cultives tu sana autoestima: No eres “The Best”, ni falta que hace… Pero “Te Mereces Ser Feliz” y “Nena, Neno… ¡Tú Vales Mucho!” No necesitas ser perfecto, tus errores “van en el lote” y te sirven para mejorar y crecer. Reconocerlos no te resta nada, al contrario: te suma coherencia y humanidad. Rodéate de gente así, con sana autoestima…
Pero protégete de los que inflan la suya sin reparo ni vergüenza, no vaya a ser que si les estalla en las narices, te pille demasiado cerca. Recuerda que «no cuentan contigo», solo «te utilizan». No «formas parte de su equipo», solo «se aúpan sobre ti mientras les conviene». No «vas con ellos a ninguna parte», solo «te empujan delante suya al precipicio aprovechándose de tu ingenuidad» ¡Ponte a salvo ahora que todavía estás a tiempo!












